El templo de ‘adorno’ de la Nueva Prosperina

Los vitrales destruidos, la presencia de restos de materiales de construcción esparcidos en el interior y la ausencia de imágenes religiosas evidencian lo abandonada que está la única iglesia de una de las zonas altas de la Nueva Prosperina, noroeste de Guayaquil.

La pequeña edificación de hormigón está asentada en una pendiente. Era el punto de concentración de los fieles católicos, especialmente de las manzanas 1.100 y 1.101 de este sector.

Para celebrar la eucaristía, bautizos y otros actos religiosos, los creyentes ahora están obligados a recurrir a otros templos. El más cercano está a más de un kilómetro, situado en Las Cañas, una comunidad que está en las faldas de un cerro.

“Desde aquí se observa la otra iglesia… hay que bajar y luego subir”, explica el morador Ángel Velásquez, mientras señala la ubicación exacta de la edificación religiosa.

Ha transcurrido una década desde que se suspendieron las actividades en el templo. Tal es así, que pocos recuerdan que la obra se construyó en honor a la Virgen María.

Lo que sí tienen presente los habitantes es que la última vez que recibieron la visita de un sacerdote fue hace unos tres años, cuando un curita acudió para verificar las condiciones en que se encontraba la casa católica.

Las puertas de la iglesia permanecen selladas. Los moradores decidieron soldarlas para evitar que sea desmantelada por delincuentes, o que el sitio se convierta en refugio de drogadictos.

Problemas con el suelo

Los creyentes dejaron de asistir al templo luego de comprobar la inestabilidad del terreno, producto de los últimos asentamientos ilegales que se tomaron parte de la ladera.

El material pétreo se debilitó aún más con la formación de canales, debido al desperdicio de agua potable proveniente de una tubería que, según los moradores, “siempre sufre daños”.

El vecino Joffre Conforme admite que personal de Interagua ha ejecutado obras de mantenimiento en la tubería, “pero a los pocos días aparecen los ‘caliches’ en el tubo”.

La debilidad del terreno también ha puesto en riesgo a las familias que residen en la parte baja. “Ojalá intervengan pronto, porque de lo contrario perderé lo poco que tengo”, expresa José Quintero, quien desde hace ocho años habita en una vivienda de caña.

Fuente: Diario Extra, 1er Impacto

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